La formación de novicias en la RD Congo, una labor artesanal

23/4/2021
Rosette nació en un hospital de la congregación. Micheline, sin embargo, conoció el carisma Vedruna a través de un folleto. Ambas se preparan para profesar sus votos.
La formación de una novicia es una labor artesanal. En la República del Congo hay en la actualidad dos, Rosette y Micheline.

Rosette procede de Kingungi, en la diócesis de Kikwit. “Nació en nuestro hospital y estudió en nuestra escuela; conoce a las hermanas Vedruna desde que nació”, cuenta la hermana Florence Kupay.
 
Micheline, sin empargo, procede de la diócesis de Idiofa, en la que no está presente la congregación Vedruna. Estudió en un colegio de salesianas y conoció el carisma y la misión Vedruna a través de un folleto.
 
La pregunta es obligada: ¿qué atrae hoy a una joven africana del carisma Vedruna? “Lo que más atrae es la vida y misión de las hermanas, el compromiso de las hermanas al servicio de los demás y el seguimiento de Jesús”, responde Florence. “El compromiso de las hermanas, la alegría y la fraternidad que reina entre las hermanas…” son l os rasgos que más valoran las candidatas al noviciado.
 
Al ingresar en la Vida Religiosa, como hijas espirituales de Joaquina, “sus expectativas son realizar su deseo de encontrarse con Jesús, amarlo y anunciarlo en sus vidas como Joaquina de Vedruna”. De este modo, prosigue, “cada una encarna el carisma Vedruna en la cultura africana”.
 
Pero la formación es una relación de dos, en las que experimentan un crecimiento tanto las novicias como sus formadoras. “La alegría de ver a muchos jóvenes llamando a nuestra puerta y que quieren consagrarse al Señor” es el premio que compensa todos los desvelos y momentos amargos.
 
Porque el camino para una joven africana que desea consagrar su vida no es sencillo. Y es necesario llevar a cabo un profundo ejercicio de discernimiento para dilucidar si realmente es esa la vocación a la que Dios les llama. “Para algunas es difícil comprender qué es la vida religiosa en general y el carisma Vedruna”, o “adaptarse a la vida religiosa”. De ahí que los abandonos ni mucho menos deban contemplarse como fracasos. “Las jóvenes necesitan tiempo para purificar sus deseos”, sentencia Florence Kupay.
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